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Nuevas verdades y mentiras en torno al Holocausto

por D.D. Guttenplan

 

PROCESO AL NEGACIONISMO. Medio siglo después, el Holocausto, el más grave crimen de la Historia, continúa arrojando esporádicas dosis de polémica. El negacionismo -- corriente que pone en entredicho la existencia del genocidio judío -- acaba de sentarse de nuevo en el banquillo de los acusados.

En el proceso celebrado ante la Corte Real de Justicia de Londres, la historiadora norteamericana Deborah Lipstadt ganó su batalla legal contra su colega británico David Irving, para quien «el Holocausto es una leyenda que no encaja». En su libro «La negación del Holocausto», Lipstadt le había acusado de omitir deliberadamente pruebas de las masacres cometidas por los nazis contra los judíos europeos

El día antes de la primera sesión del juicio por la demanda de difamación interpuesta por David Irving, que ha finalizado esta semana, fui a ver al juez Charles Gray a su despacho. El magistrado me confesó su preocupación: «Existe el riesgo de que me pidan que me convierta en historiador, pero los jueces no somos historiadores».

Aunque por distintos motivos, tanto la acusación como la defensa estaban de acuerdo en que la historia -- «lo que pasó realmente», en palabras de Leopold von Ranke -- no tenía cabida en la sala. Pero los hechos tienen una especie de fuerza gravitatoria propia, y al final todos pasamos mucho tiempo escuchando referencias a lo sucedido con los judíos en Europa y a la forma de preservar el conocimiento de estos hechos.

A diferencia de los mitos, la Historia no es clara y limpia. Los acontecimientos de lo que se conoce como Holocausto son tan complejos como cualquier desgracia real, no literaria. Además, hay que sumar la confusión creada por los verdugos en su afán por borrar las huellas de sus crímenes y una característica probablemente única del conocimiento del Holocausto: creemos que sabemos todo lo que sucedió.

De todas las lecciones del Holocausto, la confesión del pastor Martin Niemöller por su complicidad en la escalada de violencia del gobierno nazi es probablemente la más conocida. Su poema sobre la indiferencia Primero persiguieron a los judíos, pero yo no era judío... es una de las anécdotas que todo el mundo conoce, tal y como sucede con el hecho de que se hacía jabón con la grasa de los judíos asesinados y con las cámaras de gas de Dachau y Belsen.

Pero no es cierto todo lo que todo el mundo sabe sobre el Holocausto. Aunque la terrible historia del jabón formaba parte de las primeras crónicas sobre la Europa ocupada por los nazis, los historiadores aseguran que fue una invención, similar a las atrocidades inventadas por la propaganda de los aliados durante la I Guerra Mundial. En Dachau había una cámara de gas, pero nunca se usó. Y esta misma semana, la BBC se refirió al «campo de la muerte» de Belsen, lugar en el que no había ninguna de gas.

Los comunistas

Además, también es falso que los judíos fueran los primeros perseguidos por los nazis. Tal y como explica Peter Novick en El Holocausto en la vida estadounidense, su último, brillante y provocador libro, «primero persiguieron a los comunistas», circunstancia conocida por Niemöller, que continuaba: «Pero yo no era comunista, así que no dije nada. Después persiguieron a los socialdemócratas, pero yo no era socialdemócrata, así que no dije nada. Después persiguieron a los sindicalistas, pero yo no era sindicalista. Después persiguieron a los judíos, pero yo no era judío y tampoco hice nada. Y cuando me llegó el turno no quedaba nadie que pudiera defenderme».

La prudencia y los intereses políticos han influido desde el principio en nuestros conocimientos sobre el Holocausto. Hasta el término, que procede del griego hólo (completamente) y de káustos (quemado), está en entredicho. En algunos círculos se prefiere el término hebreo shoá, que significa destrucción, y Arno Mayer, historiador de Princeton, acuñó el concepto judeocidio en su ensayo ¿Por qué no se oscurecieron los cielos?.

Después de la guerra, y durante mucho tiempo, el destino de los judíos europeosapenas se mencionaba. Como decía el padre del dibujante Art Spiegelman en Maus, su famosa crónica de superviviente en forma de tebeo, «de todas formas, nadie quiere oír esas historias». Además, los judíos sólo eran una minoría en los campos de concentración que fueron liberados por las tropas británicas y estadounidenses, entre los que se encontraban Dachau, Belsen y Buchenwald.

En el conocido informe de Ed Murrow sobre Buchenwald, de 1945, no se mencionaba ni una sola vez a los judíos. En su primer libro, Más allá de las convicciones, Lipstadt escribió que muchos corresponsales se resistían a admitir la existencia del genocidio y a trasmitírsela a sus lectores, incluso después de que se leshubieran presentado pruebas. En su opinión, el antisemitismo explicaba en parte esta actitud de los periodistas. En cambio, Novick, que enseña Historia en la Universidad de Chicago, propone una razón distinta para explicar las reticencias de la posguerra: tras la realineación a raíz de la Guerra Fría, hablar del Holocausto iba en contra de los intereses de Estados Unidos.

En la década de 1950, pocas personas, al margen de los comunistas, gritaban: «¡Recordad a los seis millones!». Para la mayoría de los estadounidenses, judíos incluidos, el Holocausto era la terrible atrocidad. La mención directa de lo sucedido implicaba en el mejor de los casos una inconveniencia; en el peor, motivo de sospecha. Sin embargo, el Holocausto es un tema omnipresente en la actualidad. Películas como La lista de Schindler, programas de televisión, novelas y biografías se añaden a lo que sabemos o creemos saber sobre lo que Raul Hilberg llamó «la aniquilación de los judíos europeos», título del libro que publicó en 1961.

Las primeras críticas del texto fueron mayoritariamente hostiles y pasaron años antes de que Hilberg empezara a recibir premios. Basta compararlo con la acogida que obtuvo Fragmentos (1995), de Benjamin Wilkomirski, para ver cómo han cambiado las cosas: ganó el Premio Nacional de Literatura Judía en la categoría autobiográfica. Ni siquiera importó que poco después se descubriera que Wilkomirski era en realidad Bruno Dössekker, un músico suizo que se había inventado la historia de aquella infancia en un campo de concentración. Fragmentos tuvo muchos lectores, porque hay una gran demanda de literatura sobre el Holocausto. ¿Cómo se produjo el cambio? Novick menciona tres motivos: la relajación gradual de la Guerra Fría, el resurgimiento del nazismo en Alemania y EEUU y la publicación en 1952 del diario de Ana Frank, que se adaptó para el cine y el teatro.

Pero el acontecimiento más importante por sí mismo en el proceso fue el juicio al criminal de guerra Adolf Eichmann. La respuesta inicial fue mayoritariamente negativa, pero el escepticismo desapareció a medida que avanzaba el juicio, enterrado bajo la gran cantidad de datos. Además, el juicio se televisó y los estadounidenses se enfrentaron por primera vez con un Holocausto separado de la experiencia de la guerra.

Ahora, casi 40 años más tarde, el nombre de Eichmann ha vuelto a sonar en un tribunal. El Holocausto se ha sometido a juicio en el juzgado 73 de la Corte Real de Justicia, en el caso de David Irving contra Penguin Books Ltd. y Deborah Lipstadt, presidido por Charles Gray. La legislación británica obligaba a demostrar a Lipstadt la denuncia que apareció en su libro Negación del Holocausto, que afirmaba que Irving había distorsionado u omitido deliberadamente pruebas sobre la masacre nazi de los judíos europeos. Hacia el final del juicio, se anunció que las autoridades israelíes iban a hacer públicos los diarios de Eichmann, pero el problema de Lipstadt y sus abogados no se resolvía con nuevas pruebas. El problema consistía en interpretar lo que ya se conocía.

Una leyenda

Para Irving, autor de numerosos textos sobre el Tercer Reich, el holocausto es «una leyenda que no encaja». No niega la muerte de muchos judíos: niega que fueran asesinados en cámaras de gas, que Hitler ordenara directamente la aniquilación de los judíos y que esas muertes fueran significativamente distintas de otras atrocidades de la guerra.

Desde el punto de vista de Hilberg, el exterminio de los judíos europeos fue un proceso burocrático, resultado de «una serie de medidas administrativas». En su búsqueda de la Endlösung -- la solución final al problema judío -- los nazis dejaron los documentos que deja cualquier organización importante: memorandos, solicitudes, pedidos y planos. En Auschwitz asesinaron a un millón de judíos, y todos tenían que ser transportados por tren en mitad de una guerra en la que las líneas férreas eran esenciales para los suministros del ejército alemán. Además, había que pagar el gas Ciclón B que se utilizaba en las cámaras, y los hornos en los que se incineraban los cadáveres eran de un tipo especial, fabricada por Topf e Hijos, la empresa que patentó el diseño. Por cada Stück («unidad», término usado por los nazis para referirse a los judíos) había que contabilizar varios objetos: dinero, piezas dentales de oro y cabellos.

Hilberg explicó todo el proceso burocrático en tres volúmenes, pero los hechos esenciales se encuentran en una serie de tablas. 800.000 judíos murieron por «guetización y privaciones generales», más de 1,3 millones en «tiroteos al aire libre» y tres millones fueron asesinados en campos de prisioneros; nada menos que 2,7 millones, en centros especializados en el exterminio, como Sobibor, Treblinka y Belzec; 150.000 murieron en otros campos, incluidos campos de concentración como Dachau. En lo relativo a las muertes por país, la lista de Hilberg está comprendida entre los tres millones de judíos de Polonia y los menos de 1.000 de Luxemburgo, y en muertes por año, ha trazado las subidas y bajadas del Genocidio. Pero el total es el mismo: 5,1 millones de judíos.

Otros historiadores ponen en entredicho los cálculos de Hilberg, alegando que fueron seis millones. Los eruditos siguen sin estar de acuerdo en el momento en que Alemania pasó de promover la emigración de los judíos (lo que salvó a la mitad de los judíos alemanes) al exterminio (que acabó con el 90% de los judíos griegos). También discuten sobre el papel que desempeñaron los campos en la economía de Alemania.

Irving utilizó estas desavenencias para plantear el debate, pero sus argumentos eran de otro tipo. Interpuso una demanda por difamación en septiembre de 1996; aquella primavera, St. Martin's Press, su editorial en EEUU, había cancelado la publicación de su libro Goebbels: Mastermind of the Third Reich (Goebbels, el cerebro del Tercer Reich). Dado su historial, era de esperar que se desatara la controversia. La revista Publishers Weekly calificó este libro de «repelente»; las organizaciones de judíos expresaron su indignación. Se dice que Deborah Lipstadt afirmó que St. Martin's Press nunca firmaría un contrato con un partidario de la supremacía blanca para la publicación de un libro sobre las relaciones entre las razas.

Al principio, la editorial St. Martin's Press se mantuvo firme, pero se echó atrás y canceló la publicación cuando, en marzo, el Daily News publicó un reportaje sobre el asunto, y en abril, Frank Rich, en su columna del New York Times, acusó a Irving de hacer apología de Hitler. El principal efecto de esta cancelación, como señaló Christopher Hitchens en Vanity Fair, fue la transformación de un hombre con «ideas depravadas» sobre el Holocausto en un adalid de la libertad de expresión.

Esto confirió al libro la consideración de literatura reprimida, y dio pie a declaraciones como las de Gordon Craig, que afirmó en la publicación New York Review of Books: «Silenciar a Irving es pagar un precio demasiado alto para librarnos de la indignación que nos provoca». Craig continuaba: «Sabe más sobre el nacionalsocialismo que la mayoría de los doctos en la materia, y los estudiosos de los años 1933 a 1945 deben más de lo que están dispuestos a admitir» a sus investigaciones. «Estas personas desempeñan un papel fundamental en la historiografía, y no nos atreveríamos a pasar por alto sus puntos de vista».

El caso francés

El martes, el magistrado Gray determinó algo distinto. El argumento es conocido. A finales de la década de 1970 hubo una conmoción entre los intelectuales franceses a causa del affaire Faurisson: Robert Faurisson, catedrático de Literatura de la Universidad de Lyon, publicó en el diario Le Monde la «buena noticia» de que las cámaras de gas no existieron. «Las supuestas cámaras de gas de Hitler», escribió, «y el denominado genocidio de los judíos constituyen una mentira histórica cuyos principales beneficiarios son el Estado de Israel y el sionismo internacional».

Hitchens describió a Irving como «no sólo un historiador fascista; también un gran historiador especializado en el fascismo». También daba por supuesto que lo que Irving pretendía en realidad era plantear un debate con sus críticos. Si ése era el objetivo de Irving, lo único que tenía que hacer era esperar a que llegara el momento oportuno. «Sin duda, alguien -- afirmó Hitchens -- tomará el relevo de St. Martin's». En lugar de esto, Irving culpó a Lipstadt por sus problemas en EEUU, y la denunció por difamación en Inglaterra, junto con Penguin Books, su editorial. A partir de aquel momento se hizo más difícil defender la postura de que lo que estaba en juego era la libertad de expresión de Irving.

El principal antagonista de Faurisson, el historiador clásico Pierre Vidal-Naquet, alegó: «¿Vivir con Faurisson? Cualquier otra actitud daría a entender que imponemos la verdad histórica como la única verdad legal, y esta actitud es muy peligrosa». Vidal-Naquet se opuso a la utilización de la tortura en Argelia por parte de su Gobierno, y defiende los derechos de los palestinos. Tal vez porque sus padres fueron deportados por los nazis (su madre murió en Auschwitz), consideraba tan importante poner de manifiesto la distorsión de la verdad efectuada por Faurisson como defender su derecho a la distorsión.

Lipstadt no comparte su escepticismo respecto al papel del Estado, pero sí sus argumentos en contra de abrir el debate sobre el Holocausto. Vidal-Naquet escribió: «Para enfrentarse a un verdadero Eichmann habría que recurrir al combate armado, y en caso necesario, a las estratagemas. Para enfrentarse a un Eichmann sobre el papel hay que responder con el papel; de esta forma no nos ponemos al nivel de nuestro enemigo. No debatimos con él; demostramos el mecanismo de sus mentiras y falsificaciones, lo que puede tener utilidad metodológica para las generaciones más jóvenes».

Basta con citar este pasaje de Asesinos del Recuerdo, su comedida pero contundente respuesta a Faurisson, además de un pasaje similar de Negación del Holocausto, para apreciar el alcance de lo que le debe Lipstadt. «Una cosa es no hacer caso omiso a los detractores, y otra muy distinta, entablar un debate con ellos; no tiene nada que ver. No podemos debatir con ellos por dos motivos, uno estratégico y el otro táctico. Los detractores del Holocausto desean que los consideremos la otra parte. Entablar una conversación con ellos los coloca en esa posición. Desprecian las herramientas que dan forma a un debate sincero: la verdad y la razón. Debatir con ellos sería como intentar clavar un trozo de gelatina a la pared». Aunque utiliza sus argumentos, Lipstadt no es Vidal-Naquet. Le faltan su amplitud intelectual y su claridad de pensamiento y expresión, y por desgracia, tampoco comparte con él su calidad de judío que nunca ha limitado su militancia política a la causa judía.

En Israel, como cabría esperar en un país en que, en la década de 1940, el argot denominaba «jabón» a los supervivientes del Holocausto, la batalla por la representación del genocidio nazi siempre ha sido encarnizada y abierta. Los argumentos se remontan a la guerra, cuando los partidarios del sionismo intentaban desacreditar al comité de emergencia para el salvamento de los judíos europeos como vehículo de Igun, un grupo armado sionista de derechas.

Aunque se considere inadecuado mencionarlo, aún quedan preguntas abiertas sobre el Holocausto. Está muy lejos de zanjarse la diatriba entre los internacionalistas, que afirman que el genocidio siempre formó parte de los planes de Hitler, y los funcionalistas, que aducen que la solución final surgió como una reacción al cambio de las condiciones de la guerra.

Otra pregunta sin respuesta es la del número de supervivientes. La afirmación de Irving de que los judíos inflaron la cifra de víctimas para extorsionar a Alemania y obtener más dinero, simplemente, demuestra su ignorancia. Los pagos efectuados a Israel se destinaron al reasentamiento de los refugiados, por lo que habría interesado más a Israel exagerar el número de supervivientes que el número de víctimas.

La cuestión del testimonio de los supervivientes es más delicada. En palabras de Elie Wiesel, «cualquier superviviente tiene más que decir sobre lo que ocurrió que todos los historiadores juntos. No sabemos si Wiesel censuraría a Lipstadt por escribir: «Muchos supervivientes que llegaron a Auschwitz afirman que los examinó el doctor Mengele. Se les pregunta la fecha de llegada y a veces hay que decir que Mengele no estaba en Auschwitz entonces».

Tampoco sabemos si la censuraría por atreverse a pedir pruebas que corroboren su testimonio. Es lo que hacen todos los historiadores. Y cuando se les impide, el resultado es una mezcla entre recuerdo y propaganda que sólo sirve a los intereses de los nazis autores de los crímenes y sus herederos políticos. Siempre se acalla a quienes insisten en presentar la verdad con todos sus complejos detalles.

Todos los obstáculos que nos impiden comprender a fondo el Holocausto hacen más notable aún el veredicto. Pero no es probable que los argumentos que aduce tengan efecto sobre los que niegan el Holocausto ni sobre sus adversarios. Los que niegan el Holocausto son, por antonomasia, inmunes a los hechos. Para ellos, la derrota de Irving confirma su condición de mártir. Y para la industria del Holocausto, la victoria sobre él será probablemente más un estímulo que un freno.

Seamos claros: Lipstadt merecía ganar. Pero los ánimos que su victoria dará a varios grupos que la apoyan, como la Board of Deputies of British Jews y la Anti-Defamation League of the B'nai Brith, en sus esfuerzos por convertirse en autoridad normativa sobre la discusión del Holocausto y la política de Israel, no es motivo de celebración.

Historia y justicia

Gracias a los esfuerzos de sus abogados y a sus expertos, ahora sabemos mucho sobre lo que falla en los conocimientos de David Irving. Pero el juicio no contribuyó a nuestra comprensión del Holocausto. Hay un aspecto de la decisión del juez Gray que, si no se pone en entredicho, obstaculizará más aún la posibilidad de profundizar en la comprensión del Holocausto. Una y otra vez hablaba de lo que haría un «historiador objetivo». Pero si los jueces no son historiadores no se puede esperar que los historiadores sean jueces.

El problema de Irving no era la objetividad, sino la falta de sinceridad. El Holocausto siempre ha tenido tanto significado político como histórico; en EEUU, esto ha provocado un gran cambio desde los tiempos en que los conservadores veían a un comunista detrás de cualquier mención a los seis millones.

Tal vez, ahora que Irving ha quedado relegado al trastero de la Historia, los demás podamos unirnos a los debates que llevan cierto tiempo abiertos. Esto podría significar la renuncia a las cómodas certezas sobre la nitidez de las víctimas judías y la naturaleza genocida del antisemitismo alemán. Pero si el efecto de la decisión sobre David Irving es un fortalecimiento de la mano de quienes blanden el tema del Holocausto como un tótem o un arma, es posible que la verdad y la Historia no salgan adelante.

 

Fuente: Diario El Mundo de España

Departamento de Comunicación Social, Universidad de Concepción, Chile, 2001

<http://www.udec.cl/~aldea/nro21/holoc.htm>



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