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SOSPECHAS Y CERTEZAS

Israel Shamir,

 


 

 El 1 de junio de 2001, una violenta explosión sacudió las inmediaciones de la discoteca "Dolphi" en la ciudad de Tel Aviv. Ella produjo 21 muertos, todos jóvenes judíos rusos. El barrio donde funcionaba la discoteca, sobre la playa del delfinario, es el barrio de "la movida" juvenil en Tel Aviv. Pocos días antes del atentado, el ministro de la Seguridad Interior israelí, Uzi Landau, había criticado duramente a los jóvenes que frecuentaban el barrio, llamándolos "buscadores de placer", y señalando su "falta de solidaridad con los verdaderos judíos, los colonos de Cisjordania y Gaza". Preguntándose: "¿Dónde está la solidaridad de la población judía de la Tierra de Israel, esa solidaridad absoluta que unió a nuestro pueblo en todas las guerras y en todas las crisis difíciles que han acompañado nuestra vida antes y después de la creación del Estado" (Fuente, Marcelo Dascal, "La moral por encima de la solidaridad nacional", ABC, Madrid, 24-7-2001, p. 60). Como en tantas otras oportunidades los "malos judíos" debían recibir un castigo; esa es la teoría (que yo comparto plenamente) que se desarrolla en el siguiente artículo de Israel Shamir (*). Los lectores argentinos deberían relacionar el contenido de este artículo con el caso AMIA

(Norberto Ceresole). 23 de septiembre de 2001

 

Cuando el Sunday Times reveló que los servicios de seguridad israelíes habían tenido parte en la matanza de los chicos rusos en
Tel Aviv, el sutil complot empezó a dilucidarse. Desde el primer momento había motivos razonables para dudar de que se tratara
de un acto de terrorismo palestino. El crimen llevaba muchas huellas dactilares empapadas en sangre típicas de los partidarios de
la supremacía judía. Fue perpetrado una noche sabática, cuando se supone que ningún "buen judío" ronda las discotecas. El
crimen dejó limpias de sangre palestina las manos judías a cambio de sangre rusa deshechable. Tras el crimen, Arafat no tuvo
más remedio que aceptar las condiciones israelíes para un alto al fuego. El crimen creó la imagen de un Sharon "refrenándose",
conteniendo su justificable furia y perdonando vidas de malhechores. El crimen arrastró a la comunidad rusa, que se había
mantenida neutral hasta entonces, y la puso en brazos de los que odian a los árabes. El principio de búsqueda de los beneficiarios
del crimen llevó directamente a las cumbres donde se decide la política israelí, a quienes le sacaron un monumental provecho a la
explosión.

Un activista americano formuló las sospechas iniciales al señalar que la explosión había tenido lugar el mismo día del sepelio de
Husseini, cuando el IDF había despejado tan generosamente el sector este de Jerusalén y cuando los espíritus estaban
enardecidos en la manifestación. Además el cronometraje del horrendo crimen no podía ser más oportuno; exactamente lo que
necesitaba Israel para ganar la opinión pública.

Ahora el Sunday Times informa que la hazaña imposible de llevar al portador de la bomba al mismo corazón de Tel Aviv fue
obra de un agente de Shabak (policía secreta interna de Israel), llamado al Nadi. Confrontando declaraciones oficiales, un
periodista israelí, Uzi Mahanaimi dibujó el retrato de un agente de Shabak que al parecer fue muy fácil de burlar (por el supuesto
terrorista), quien se habría convertido inconscientemente en cómplice del asesino. Se supone que al Nadi se percató de las
intenciones del terrorista, pero con grandísimo atraso. El vocero del ejército israelí también insistió en la inocencia de al Nadi
quien no sabía lo que estaba haciendo.

Este scoop del Sunday Times me recordó una intriga del escritor inglés de thriller, John Le Carré. Cuando están en peligro de
ser descubiertos, los servicios secretos habitualmente prefieren exponer su propia versión autorizada de los hechos. El
condenatorio informe del periódico inglés resultó ser un procedimiento para controlar el perjuicio. Muchos periodistas
extranjeros basados en Israel recibieron hace poco información adicional detallada procedente de fuentes habitualmente
confiables. Estas fuentes apuntaban al hecho de que el terrorista del cual se sospechaba, Said Hotari, trabajaba para una rama de
los servicios de seguridad jordanos hasta su defección a favor de Israel. Aparentemente colaboraba con Shabak, y por eso es que
se le había concedido la debida visa israelí. El hecho de la extensión de la visa fue difundido por los diarios israelíes antes que la
corte golpeara con una prohibición de cualquier publicación sobre el caso. Hotari probablemente no sabía que llevaba una carga
mortal, pues la explosión fue desatada por control remoto.

También pretenden que había una razón particular para la elección del lugar: el cercano hotel David intercontinental tenía un
huésped internacional: el ministro alemán de asuntos exteriores Joshka Fischer. No se trata de un hotel popular para huéspedes
de elevados recursos. A pesar de ser un cinco estrellas no se encuentra en el barrio más preciado de Tel Aviv. "De casualidad",
Hans Fischer se encontró en el papel de testigo estelar del atentado. Emocionalmente, se encontró arrojado hacia el bando israelí
y se convirtió en actor importante en el juego diplomático que acarreó el suceso y que terminó por la imposición del cese al fuego
según las condiciones exigidas por Israel.

El uso despiadado del terrorismo para propósitos políticos y tácticos siempre ha sido un recurso de los operativos de los
servicios secretos israelíes. La provocación no está reñida con el concepto que tienen de la dignidad: en los años 1950, en la
infame Lavon Affaire, algunos judíos locales alistados por Israel fueron detenidos en El Cairo mientras estaban colocando
bombas en los consulados americano e inglés. Intentaron presentar su gesto como "actos del terrorismo islámico" y provocaron
hostilidades entre árabes y americanos. Los agentes israelíes no dudaron un momento en matar judíos "para la causa".

Además, el 25 de noviembre de 1940, la agencia judía hundió al SS Patria y se ahogaron 250 inmigrantes. Esta matanza se
realizó con vistas a afianzar la simpatía hacia la condición de los judíos a los que se les negó la entrada en Palestina, que estaba
bajo control inglés. Los responsables del atentado reconocieron el crimen en los medias israelíes hace algunos años. La carga
explosiva era demasiado poderosa, según aclararon. Joaquín Martillo escribió hace poco acerca de una posible conexión sionista
con los sangrientos motines antijudíos que tuvieron lugar en la ciudad polaca de Kielce después de la segunda guerra mundial.
Los motines llevaron una oleada de inmigrantes judíos a las playas de Palestina. Las bombas israelíes colocadas en sinagogas de
Bagdad ya son un hecho bien conocido y desclasificado. Ocasionaron un éxodo masivo de judíos iraquíes a Israel.

En un proceso más reciente, hace justo un año, Moscú fue sacudida por espantosas explosiones que causaron múltiples víctimas.
Unos terroristas desconocidos hicieron estallar edificios enteros de apartamentos residenciales en la capital rusa. Las explosiones
fueron achacadas a los chechenos, y desencadenaron la segunda guerra de Chechenia, la destrucción de Grosny, miles de muertos
y heridos, pero, lo más importante, actuaron como punto de giro en las relaciones ruso-israelíes y el mundo musulmán. Los
medias rusos reforzaron la imagen del terrorismo islámico y de Israel como protector y aliado de Rusia.

"Tenemos un enemigo común, el terrorismo islámico" era la línea reiterada por políticos israelíes cuando visitaban Moscú, trátese
de Charanski, de Lieberman o de Peres. Las comparaciones de Chechenia con Palestina se convirtieron en un lugar común en la
prensa rusa, cuyos dueños son judíos. El viejo sueño sionista de crear una confrontación entre Rusia y el Islam casi se convirtió
en realidad. Hasta ahora, los autores del atentado no han sido encontrados. La influyente Nezavisimaya Gazette expresó
abiertamente que hay dudas acerca de una conexión chechena en torno a las explosiones.

Más aún, yo estoy dispuesto a enfrentar la cólera de mis lectores y proclamar que los palestinos no sirven para hacer el papel de
terroristas. Seguramente algunos de ellos intentan actuar según el guión que los judíos les han preparado y chapotean en el
supuesto terror. Pero su terrorismo es tan tímido que un observador cuidadoso y objetivo se ahogaría de risa ante la idea de unos
"terroristas palestinos". Considérese por ejemplo a un portador de bomba suicida como el tranquilo Dia Tawil, sophomore de la
universidad de Bir Zeit. Explotó cerca de un bús lleno de israelíes. Murió mientras sólo unos pocos israelíes fueron heridos.
Muchos hombres bomba mueren sin matar a un solo israelí, sólo unos pocos consiguen herir y matar.

Aún en su oleada más exitosa y mortal de 1996, todos juntos no pudieron empatar con un acto terrorista judío, el estallido del
hotel King David en 1947 con sus 92 víctimas. Cuando los judíos se meten a terroristas, sus enemigos mueren como manadas de
ganado. Así es como operaban antes del establecimiento del estado israelí. Y así es como actúa el estado israelí hasta ahora. No
tiene sentido siquiera comparar el "terrorismo" palestino con el terror organizado del estado de Israel. No están en la misma liga.
Para Israel, matar a un centenar de refugiados en Cana, o bombardear una escuela, o aniquilar a Beirut sitiada durante dos meses,
o asesinar a un líder, o atacar al USS Liberty, o disparar contra un pasajero de avión, son cosas normales. Y sin embargo la
máquina mediática dominada por los judíos se las arregla para colgarles el cartel de terroristas a los palestinos.

Los palestinos son matadores ineficientes porque tienen el alma pacífica de campesinos y mártires. Ellos no salen a matar, sino a
morir. Son semejantes a los kamikazes, el "viento divino" de Japón. Los aviadores suicidas de Japón cargaban sus frágiles naves
con explosivos, rezaban a Dios, escribían un poema donde se comparaban con pétalos desprendidos de un cerezo salvaje, se
anudaban una cinta blanca en la frente, y despegaban para hundir a los portaviones americanos en las ondas azules del Pacífico.
En la mayoría de los casos, no causaban ningún daño, pero lograban espantar a Mac Arthur. Él no podía entender esa voluntad de
sacrificar la propia vida de uno por una causa superior. Los israelíes tampoco pueden entenderlo. Con la explosión del Dolphi,
excepcionalmente "productiva" sencillamente había algo raro desde el principio. Todavía no tenemos la respuesta, pero crecen las
sospechas. Algunos partidarios de la causa palestina se precipitaron a respaldar la versión israelí y condenaron la explosión de la
discoteca. Recibieron el merecido premio: la prensa norteamericana, cuyos dueños son judíos, publicó sus cartas y artículos en
contraste con sus reticencias habituales. En mi opinión, ante semejantes casos dudosos, cuando ninguna organización palestina
conocida reivindicó el acto en el momento, no es juicioso lanzar presurosas palabras de repudio.

  ¿Quién es Israel Shamir?

Ruso e israelí, escritor, traductor, periodista, Israel Shamir nació en Novosibirsk, Siberia, es nieto de un profesor de matemáticas, y biznieto de un rabino de Tiberiada, Palestina.
Estudió en la prestigiosa escuela de la Academia de ciencias y cursó estudios de matemáticas y leyes en la universidad de Novosibirsk. En 1969, se mudó a Israel, sirvió en el ejército y
peleó en la guerra de 1973. Después, volvió a las leyes en la universidad de Jerusalén, pero decidió ser periodista y escritor.

Primero probó su talento en la radio israelí. Como reportero independiente, cubrió las últimas etapas de la guerra en Vietnam, Laos y Cambodia. En 1975 se mudó a Londres y trabajó
para la BBC. En 1977-79 escribió para Maariv y otros diarios de Japón. En Tokyo escribió Travels with my son, su primera novela. También encontró tiempo para traducir varios
clásicos japoneses.

A partir de 1980, escribe para el diario Haaretz y Al Hamishmar, siendo diputado del partido socialista israelí Mapam. Tradujo las obras de Sy Agnon, el único premio Nobel israelí
de literatura, del hebreo al ruso. Se le hicieron repetidas ediciones en Israel y en Rusia. También tradujo capítulos escogidos de l Ulises de Joyce, para editores rusos, y se le publicaron
en Londres traducciones de Las guerras árabe israelíes, por el presidente Herzog.

Su obra más popular, El pino y el olivo, historia de Palestina / Israel, salió en 1988. La tapa lleva una ilustración de un pintor de Ramallah, Nabil Anani. Cuando la primera
intifada empezó, Shamir estaba en Rusia, cubriendo los eventos de los años 1989 a 1993. Desde Moscú, hacía reportajes para Haaretz, pero fue despedido a raíz de un artículo donde
apelaba al regreso de los refugiados palestinos y la reconstrucción de sus aldeas en ruinas. Escribió para varios diarios y revistas rusos incluyendo Pravda y el semanario Zavtra. En
1993, volvió a Israel y se instaló en Jaffa. Siguió escribiendo para la prensa rusa e israelí, para revistas literarias. Trabajó en una nueva traducción de la Odisea, publicada en el año
20000 en Rusia. Su próximo gran proyecto es la traducción de un manuscrito talmúdico al ruso.

En respuesta a la segunda insurrección palestina en trece años, Shamir ha dejado de lado sus tareas literarias y ha vuelto al periodismo. En medio de las discusiones interminables sobre
la solución con dos estados separados, Shamir se ha convertido junto con Edward Saíd en el campeón de la consigna "Un hombre, un voto, un estado" como solución para todo el
territorio palestino-israelí. Sus ensayos más recientes han circulado ampliamente en internet, y se encuentran ya en muchos sitios importantes. Se le reconoce como intérprete de las
aspiraciones de ambas poblaciones, palestina e israelí. Vive es Jaffa, tiene cincuenta años y dos hijos varones.

 


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